El parque.


Esta entrada que escribe Esther Medraño en el blog ” Alto alto como una montaña” me ha resultado algo familiar, seguro que muchas familias se sienten identificadas con lo que nos cuenta. A veces las conductas no apropiadas pueden parecer de niños maleducados y groseros, tan lejos de la realidad…
Muchas gracias Esther por poner en palabras el día a día de muchas familias. Esperemos seguir tomando conciencia del autismo y que cada vez sucedan menos estas cosas tan desagradables.

El viernes pasado fue un día bonito en el que decidimos ir al parque a hacer la terapia qué mejor contexto que el natural para que los niños con autismo aprendan de la forma más funcional. Sin embargo el contexto real para el aprendizaje tiene serias contraindicaciones, la realidad nos desprotege.

Un parque infantil siendo un sinónimo de ocio para un inmenso porcentaje de población resulta una hazaña para unos pocos.

El parque puede resultar más peligroso que una selva amazónica si cumples el papel de ángel de la guarda de una personita libre de juicios, desprovista de límites e inconsciente del miedo. Y en ese momento tú te conviertes en miedos, límites y juicios.

No pretendes enjuiciar a los que están juzgando, te gustaría no sentir sus miradas… pero no puedes menos que intentar imaginar qué ven desde fuera. Dentro de la invisibilidad del trastorno, ¿qué será visible? Supongo que es una pregunta difícil de contestar desde dentro.

Entonces ocurrió… cuando nuestra personita quiso tirarse de cara por el tobogán subió un niño en contradirección y… menudo golpe!!! El pequeño llora, probablemente es la experiencia de su vida más dolorosa (aunque eso es mérito de sus ángeles de la guarda, que ejerciendo un rol a tiempo completo de salvavidas no tienen tiempo para darse una palmada en la espalda)

Un accidente cotidiano del que empezó a brotar la sangre de la nariz, el pequeño se asusta y se limpia compulsivamente extendiendo el horror, por su cuerpo y el mío. No podemos calmarlo y apenas tenemos pañuelos de papel.

Había una fuente a tan sólo un par de metros inexplicables que parecían kilómetros de miradas hostiles. Intento sin éxito hacer comprensibles un maldito par de metros, pero sólo tengo como recurso el limitado lenguaje oral: “Agua, vamos al a- gua, limpiar con a- gua, lavar con a- gua”. No me entiende, nos sentamos en el suelo para intentar calmarnos y evitar el forcejeo cuando llegan el padre y el niño que causó el accidente a disculparse.

_ ¿Por qué no me contesta?- preguntó el niño.
_ Porque está muy asustado– respondí pensando que sería suficiente para tan esperpética situación.

Le pido a su padre si puede conseguirnos pañuelos de papel, por favor. Nunca más volvió.

En la desesperación de avanzar hasta la fuente, tiro por el aire la agenda de pictogramas, de reojo pude ver cómo atraía a curiosos que no ayudan… ¿qué pensarían que era? ¿por qué no me la acercan? ¿no es obvio que es nuestra?

Conseguimos llegar a la fuente a gritos, cortar la hemorragia y diluir un poco las manchas con agua. Salir del parque fue otra una odisea, un show con un público desagradecido y cero aplausos.
Debido a la invisibilidad del trastorno, es fácil que el comportamiento de un niño con autismo sea malinterpretado por el desconocimiento y cause reacciones desajustadas en los demás. Muchas veces creemos que este tipo de situaciones las podemos vencer o por lo menos compensar con información.

Permitidme hoy, sólo hoy, dudarlo: autismo tienen 1 de cada 150, pero sangre tenemos todos. El autismo es invisible pero la sangre es roja y rodeados de gente estábamos más solos que nunca, la realidad nos desprotege.

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2 pensamientos en “El parque.

  1. No es la misma situación, pero recuerdo la sensación. Caminando por la calle con mi hermana, dificultad de movilidad y cadi más bulto que yo, y mi hermano que entonces era un canijo… Mi hermana cae al suelo, yo no la consigo levantar (es peso muerto). La gente pasa por nuestro lado mirando como si fuéramos monos del circo pero no ayuda ni el tato. Finalmente, un matrimonio extranjero de mediana edad, viéndonos sudar a mi renacuajo y a mí, se acercaró y el caballero me ayudó a levantar a mi hermana pobre, frustrada y nerviosa… Al final, yo acabé por ignorar a los demás, a seguir nuestro camino con risas, … y, la verdad, cuando alguien se pasara de descaro, le soltaba alguna de ésas que los descolocan y pasan la vergüenza hacia su persona (el autobús ha dejado de mirarla a ella).
    Abrazos

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