La ventana


Hace unos días tuve una situación muy similar a la que describe Fátima, sólo fueron unos segundos…y tampoco se lo deseo a nadie. Lucía quería ver la piscina, ver los niños jugar y se adentró tanto en su emoción que no supo ver el límite.
Por esa ventana también dejamos caer muchas cosas y ver la vida de diferente manera. Muchas veces nos estancamos y lloramos la pérdida de un hijo cuando todavía esta ahí, se pueden hacer muchas cosas. A veces es necesario para todos. “No se llora a nadie en vida, se llora por rabia, frustración, cansancio, dolor, pero no por duelo.”
Detrás de esa ventana hay un mundo diferente sí, pero que hay que vivirlo y disfrutarlo.
Muchas gracias Fátima Collado.

Extraído de la revista literaria “Estamos con el autismo”, lo escribe Fátima Collado, mamá de un niño con autismo.

A los 29 años tuve mi bebé. Luz del mundo, alegría de vivir.
Respuestas a todas mis preguntas, milagro en sí mismo. Se llama Mikel Ibai. Hoy tiene casi 6 años ya. Mi socio en la vida.

No encaja en ningún manual. “Mi niño se ríe y agita la cabeza…espero no volver a mencionarlo”, pero lo volví a mencionar. Se agita y se retuerce, pero no burros, ni llantos, ni evasiones, ni nos escondía la mirada. A veces Mikel y sus a veces. Lo más llamativo era que escogía los sonidos a los que atender, que no solían coincidir con los que yo quería.
Cuando cumplió tres años nos llegó la etiqueta, o diagnóstico, o nombre propio a las sospechas. Hasta hoy vamos ajustándolo el uno al otro. En este tira y afloja de “esto podemos hacerlo a nuestro modo y esto de ninguna de las maneras, por mucho que te enfades”. Porque no se enfada mucho ya, tuvo el año de los mordiscos, de 3 a 4. Eso también nos extrañaba, que no había forma de enfadarle de bebé, ni de hacerle rabiar. Cuando llegó al cole, fuera de su reino donde todos entendíamos su idioma de miradas, sonrisas y gestos, empezó a frustrarse y enfadarse más. A crecer, en fin.

El 17 de octubre del 2008, mi niño se fue del salón hasta su cuarto. Transcurrieron 30 segundos silenciosos, que me extrañaron, sin saltos en la cama, sin jerga en arameo.
Cuando llego a su cuarto no lo veo. Miro en barrido y no lo veo, pero hay algo diferente. La ventana ya no está abatida, ni la persiana a cuatro dedos. La ventana está abierta, la persiana a un palmo, y mi niño sonríe, tumbado en el alféizar al sol, intentando bajar los pies desde el 5 piso. Tuvo que escalar por el radiador, cosa que nunca había hecho. Se paró el tiempo en seco. Me movía a cámara lenta, él no. Me tiemblan las manos escribiendo esto. Lo cogí por las manos y lo arrastré adentro, le di un azote en el culo, le abracé, lloré, le grité, le deje muy confuso, (esta está loca?) y por la ventana se cayó el duelo que nunca tuve ni vendrá. Adiós duelo. No hay duelo porque tengo al niño conmigo. Todo, todo, todo lo que venga después de ese día, sea como sea de empinado, lo subo sonriendo y las veces que haga falta. No hay duelo, ni encajo que haya duelo. Tener duelo significa perder un hijo que no has perdido, que te lloren en vida es degradante. Es la misma persona antes y después de la etiqueta, el Sol del mundo, la alegría de vivir, EL AMOR, un hijo por el que se da la vida, no se llora en vida.

Se puede llorar por los castillos en el aire derruidos, sí los quieres derruir. Yo no mato el futuro, no admito duelos en mi entorno, no admito desprecios, ni considero a nadie superior a mi sol. Sólo para las visiones positivas, tan positivas como la vida misma, porque está vivo. Conmigo. Con su cerradura en la ventana, con su mundo de pictogramas y fotos para empapelar un barrio entero, con su mirada limpia y optimista, valiente y capaz de afrontar cualquier reto alegremente, a lo Fousboury, que dedujo que saltar la altura de espalda le resultaba mejor, cuando todo el mundo se tiraba de cabeza.
Pues saltáremos, tan alto como haga falta, a nuestro modo de saltar.

Sigo aprendiendo de él, su sonrisa es mi motor, su mirada pidiendo explicaciones, su lucha por dominar la energía que recorre. Tomaremos el mando de la nave espacial juntos, porque eso es el cuerpo, un vehículo en el que me recuerdo encerrada de niña, y en que el equilibrio consciente es todo un logro a costa de aferrarse al suelo con los dedos de los pies… Recordar. Lo entiendo porque lo recuerdo. Lo entiendo porque yo también lo percibo, o percibí y puedo reconocer los movimientos. Lo entiendo porque tomé el control de mi nave espacial, pude ser vallista unos maravillosos años de carreras, y lo volví a perder. La tensión ata la musculatura, la restringe, se pierde el dominio. Yoga, consciencia corporal, eje, masaje, pulso.

Lo que venga después no va a darme más miedo que ese segundo que tardé en cogerle, aunque sea una vida de retos a superar.

Por eso sonreímos a la vida, porque estamos vivos y podemos hacerlo. Por eso tenemos una visión positiva, porque hay visión, lo que es positivo en sí mismo. Imaginar otros castillos nuevos no es tan difícil, y a poder ser, que sea los castillos que él construya con el apoyo de todos los que lo amamos. No le deseo a nadie ese momento, a nadie en el mundo, para darse cuenta de que no hay duelo por mucho que lo impongan incomprensiblemente. No hace falta un susto mortal. Sólo vivir. Diferente, vale, y qué, ¿firmamos un contrato con alguien de normalidad? ¿Hay alguien normal? Si todos diferimos, lo normal es cómo el humano finge habitualmente. No es normal, sólo habitual. La conducta social depende de la cultura en que se viva, es tan arbitraria como el lenguaje.

La maternidad es eso, ser socios en la vida. No es una pataleta porque no me ha salido como yo quiero una obra de cerámica, sino que es una persona, tiene vida propia, y le adoro. Tener un hijo es tener un hijo, no importa como sean los hijos de los demás, tienes un hijo, ¿por qué llorarle? Si tienes un hijo va a necesitar de tu esfuerzo mental para adaptarte a sus condiciones, para que indagues, no se puede perder al hijo ni llorarle, pues una vez perdido, llorado el duelo, ¿a quién miras cada día? ¿Por quién luchas, por quién indagas? Me parece lo más injusto que puede hacer un padre, decepcionarse porque un niño-a sea como es.

Sí, soy su madre, soy su apoyo, su madre osa que le enseñará qué hacer, cómo,cuándo y con quien al osito. Todo lo diferente que haga falta, porque no me gusta repetir conductas inducidas.

Y el niño vivo aprende cada día sonriendo. No quiero imaginar lo que se siente sí veo a mi madre llorándome.

Se llora, claro, por dolor, por cansancio, por rabia o frustración ante vallas altas y necesidad de más entrenamiento. Pero no por duelo.
Fátima Collado Martín

Aquí podéis descargar la revista: http://elsonidodelahierbaelcrecer.blogspot.com.es/2011/05/estamos-con-el-autismo-4.html

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