Para los otros padres y madres


Desde el maravilloso blog:  “Si no me conoces… ¿Por qué me sonríes?” Una magnífica reflexión de Araceli Arellano como todas las que escribe.
¡Muchas gracias!

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Todas las personas son como el resto de las personas
como algunas personas
y como ninguna persona
(Speight)

Esta es una entrada dedicada a aquellos padres que no tienen hijos/as con discapacidad. Porque también ellos pueden marcar la diferencia…

Si tienes hijos/as, probablemente en algún momento se hayan encontrado con otros niños con discapacidad: en el parque, en la piscina, en el fútbol, en las clases de solfeo… Quizá incluso tengan la oportunidad de compartir clases en la escuela con compañeros diferentes o, simplemente, jueguen en la misma plaza. Si es así, también con toda probabilidad, te haya pasado lo siguiente:
Tu hijo/a se queda mirando fijamente al niño con discapacidad. Incluso llega a señalarlo. Después de un rato, te pregunta: ¿Qué le pasa a ese niño, mamá? ¿Por qué no anda? ¿Por qué no habla? Sus preocupaciones, en ese sentido, pueden llegar a ser de lo más variadas: ¿cuántos años tiene?, ¿cómo juega al fútbol?, ¿por qué tiene esa silla tan rara?, ¿qué idioma habla?, ¿a qué colegio va?, ¿puedo jugar con él?
Es natural que los niños observen con curiosidad, sin ningún reparo, a otros que tienen algo diferente. Y es ese “algo” lo que les llama poderosamente la atención, porque no cuadra en su esquema mental de “niño”. Por ejemplo, la silla de ruedas, las gafas gruesas, la ausencia de habla, los gestos extraños, etc. Su afán de saber no tiene límites y, a ciertas edades, todavía están a salvo del mundo de lo políticamente correcto. Ahora bien, de la actitud de los padres depende que esa curiosidad se convierta en miradas furtivas, o bien sea la puerta hacia el conocimiento de lo diverso.

Qué no hacer
Reñir a su hijo como si hubiera hecho algo malo, vergonzoso, o cruel.
Mostrarse sorprendido, incómodo o furioso por los comentarios o conductas del niño (ordenarle callar con nerviosismo, apartarle rápidamente la mano si está señalando…)
Ignorar las preguntas de su hijo y pasar de largo intentando no ser visto por los padres del niño con discapacidad.
Apartar a su hijo del niño con discapacidad, por miedo a que le haga algo (por muy disimuladamente que se aleje…)
Contestar con evasivas, o dar respuestas que nada tienen que ver con las inquietudes del niño: no le pasa nada, no sé qué me dices hijo… no te entiendo… eso no se pregunta…
Evitar acercarse al niño con discapacidad, sentarse en otro banco, subirse al otro tobogán, alejarse con la pelota…
Hacer todo lo anterior y, además, dirigir una mirada de pena y compasión a los padres del niño diferente.

Qué hacer
Si se conoce la respuesta, aclarar las inquietudes del niño: Va con bastón porque no ve bien y así sabe por dónde está caminando. Como le cuesta mucho aprender a hablar, se comunica con gestos, pero te puede entender igual.
Si no se conoce la respuesta, actuar de “espejo” reflejando los sentimientos o la sorpresa de su hijo, comentándolo incluso con los padres del niño con discapacidad: Le llama la atención porque va en silla de ruedas, y nunca había visto una …
Preguntar a los padres, con toda tranquilidad y si se da la ocasión: Mi hijo quiere jugar con él, pero no sabe cómo pasarle la pelota. Quiere saber si puede montarse en el columpio, sin la silla de ruedas.
Dejar de preguntar si percibe que los otros padres se sienten incómodos: que su hijo tenga una discapacidad no quiere decir que quieran compartir todo, con todo aquel que se le acerque.
Actuar con naturalidad: el niño, además de su discapacidad, tiene un nombre, una edad, una historia, unos gustos, unas aficiones, etc. Y de todo ello se puede hablar sin que sus dificultades monopolicen la conversación.
Tratar al niño, por encima de su discapacidad. Valorarlo como lo que es: un niño, con una infancia, que probablemente se divierta como su propio hijo, jugando y disfrutando del trato con otros niños.
No quedarse en la superficie de todo lo que no puede hacer (no puede andar, no puede hablar, no puede correr…) y compartir aquello que sí puede hacer (¿quizá se convierta en el pichichi del equipo?, ¿puede que se sepa todas las canciones de la película favorita de su hijo?)
Dejarse sorprender por todo lo que nos puede ofrecer otra familia, otros padres, otros niños. Perder el miedo y aprender.

En definitiva, disfrutar de la riqueza de lo diverso.
Y enseñar a su hijo a hacer lo mismo. En la plaza, en el parque, en la escuela.
En la vida.

Fuente original: http://sinomeconoces.blogspot.com.es/2014/03/todas-las-personas-son-como-el-resto-de.html

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